Primera Plana sobre “Los Esperapalomas” (1968)

Revista Primera Plana – Nº 272.1 de marzo de 1968

Estrenos

El Barón de Uviedo

Los esperapalomas — Con su habitual pomposidad, el profesor Emilio Stevanovitch proclamó el 5 de febrero pasado, en su sección “Quehacer teatral”, publicada todos los lunes por el austero matutino La Nación:

“Un acontecimiento de inusitadas características tendrá lugar el 14 de marzo en el Royal Court de Londres. El teatro que lanzó a la fama a tantos autores contemporáneos ofrecerá, ese día, un nuevo estreno. Dirigido por George Devine, dará a conocer La grand’mère. Pese a su título francés, corresponde a la traducción inglesa de una pieza de autor argentino. El evento adquiere mayor importancia por ser el primer montaje de escritor sudamericano efectuado por la prestigiosa agrupación”.

Y mientras el pedagogo prosigue informando que el autor es Juan Carlos Uviedo, de 24 años, se le escapa la más inusitada característica del “evento”: que debe de “ser el primer montaje… efectuado por la prestigiosa agrupación” con un director muerto, pues Devine falleció en 1966.

Pero ésta no es la única contradicción que envuelve a la personalidad del santafecino Uviedo, a quien, días antes de su arribo, un cable originado en Madrid (el lugar donde, aparentemente, ha residido durante el año pasado) auguraba escasos días de permanencia en la Argentina, pues debía retornar a París a filmar ¿Qué es lo que buscas, Guillermo?, una película de Louis Malle, de la que el argentino sería protagonista en reemplazo de nada menos que Jean-Paul Belmondo, junto con Annie Girardot y Jean Seberg.

No se detendría allí la filmografía del dramaturgo: también habría participado en Sólo un triste muchacho, con Catherine Spaak y Nino Manfredi, y en Los pájaros van a morir al Perú, con Pierre Brasseur y la Seberg. Ambos films no se han estrenado aún en Buenos Aires, ni tampoco se tenían aquí noticias de los retumbantes éxitos de Uviedo en Europa.

Los esperapalomas y Un juego en círculo para espera del guerrero provocarían la coqueluche de los habitantes de Varsovia (la primera de esas piezas, escrita a los 19 años, habría permanecido 10 meses en cartel); el octogenario Tchirilov, discípulo de Stanislavski, estaría aún bañándose con el oro ganado en Belgrado con De cómo mamá quedó sorda y comenzó la alegría; Irene Papas resplandecería en Atenas con Señor Wilson, si no acierta, revienta; en París, Eugène Ionesco proclamaría a otra de las veintidós efusiones —hasta ahora— de Uviedo, Antoineantoine, como “teatro metafísico obligatorio”; y, en fin, Londres albergaría, además de La grand’mère, a La mariposa de los pechos caídos y a Shiva parirá un milagro.

En la noche del estreno porteño de Los esperapalomas, el lunes de la semana pasada, un ventarrón de zozobra comenzaba a infiltrarse por los alfombrados corredores del Instituto Di Tella. Los responsables de su Centro de Experimentación Audiovisual estaban dándose cuenta de que, en ningún momento, el prodigioso autor había aportado comprobantes de sus hazañas: cuando se le pidió una fotografía de aquella pieza en su representación polaca, para incluirla en el programa, prometió llevarla, dilató la entrega y, por fin, produjo una mano de mujer que sostenía una paloma; con toda seriedad, afirmó que la mano pertenecía a la protagonista.

Lo único que parece más o menos concreto es el lugar de nacimiento del imaginativo viajero (San Carlos Centro, en Santa Fe), su iniciación teatral con la Numancia de Cervantes, que Jorge Petraglia montó en la Comedia Cordobesa en 1959 (“Petraglia me dio el sentido de la seriedad y de una verdadera profesión”, dice), la participación en fotonovelas, ya en Buenos Aires, y, en fin, el viaje a España.

Lo que ha dejado de ser un secreto, a partir del estreno de Los esperapalomas, es que se trata de un tembloroso intento adolescente de indignarse ante las injusticias del mundo, de llorar con los buenos perseguidos y de vituperar a los pérfidos perseguidores. Todos los lugares comunes de una vanguardia arrugada se acumulan desordenadamente en un texto corroído por la vulgaridad, como si Uviedo pusiera más imaginación en su vida que en su obra.

En un lugar donde el significado de las palabras “nacer”, “morir”, “vivir”, “vejez”, “infancia” se invierten, un altoparlante anuncia que las palomas producen el cáncer y, por lo tanto, hay que “nacer” palomas. La pareja de “niños” (ella es una tierna, melancólica, admirable Zulema Katz) acata la orden; el “anciano” (la eterna adolescencia de Alberto Fernández de Rosa) oculta a una paloma bajo su overall.

Poco después, el altoparlante proclama la consigna contraria: las palomas son beneficiosas, sus distraídos regalos a los transeúntes han de ser estimados como joyas, todo poseedor de palomas debe entregarlas al Estado. El adolescente se rebela y aplica a su paloma el consejo que daba el poeta Enrique González Martínez acerca de los cisnes.

Esta debe ser la primera vez que los más empecinados feligreses del Di Tella han huido sigilosamente, reptando entre las sombras, al promediar el primer acto. En el intervalo, el profesor Stevanovitch sepultaba su carota entre los brazos, y al final hubo módicos aplausos.

Todo lo cual explica, tal vez, la insólita agresión descargada por el actor Víctor Fasari sobre un director que apaciblemente abandonaba la sala, después de haber soportado Los esperapalomas sin quejarse. Este inesperado happening y la manera de Uviedo de dirigir su pieza, desplazándose por la sala y resoplando en un silbato, fueron los mayores signos de vitalidad de un espectáculo sobre el que las palomas, tal como el texto lo reclama, han dejado obvias, espesas, indelebles condecoraciones.

La gran obra de Uviedo sigue siendo el relato de sus andanzas europeas, comparables quizá con las del Barón de Münchhausen, y la asombrosa facilidad con que tantos le creyeron en Buenos Aires.